No dejen la mochila cerca de la cama (relato)

Basado en un sueño lucido del autor



Las 2:43 de la madrugada.

Delfina giró por tercera vez en la cama. No hacía calor, no hacía frío. La habitación estaba exactamente igual que siempre… pero algo no encajaba.

El silencio era... denso. No había insectos, no se escuchaba la heladera vibrando desde la cocina, ni el crujido ocasional de las cañerías que se expanden en la noche. Nada.

Solo ella, su respiración, y la silueta de su mochila al pie de la cama.

Delfina la había tirado ahí como todos los días, justo frente a sus pies, de costado, medio abierta. Su madre siempre le decía que colgara las cosas, que no dejara el cuarto hecho un desastre, pero ella no le daba importancia alguna. Era solo una mochila. Estaba cansada.

Y sin embargo…
Esa noche, algo la hacía mirarla una y otra vez.
No por querer. Por impulso.
Como si esa forma familiar hubiese cambiado apenas lo justo para parecer otra cosa.

Parpadeó, tratando de despejar la vista.
La silueta seguía ahí. Negra. Aplastada contra la alfombra. Pero su contorno parecía distinto. Como si la tela se hubiese inflado levemente, como si algo respirara adentro.
Ridículo.

Delfina suspiró y se tapó la cabeza con la frazada. Intentó no pensar. Cerró los ojos. Repasó mentalmente los nombres de los integrantes de su banda favorita, los temas del examen de historia, la escena de una serie que había dejado a medias.

Cuando volvió a mirar el reloj, eran las 3:07.
Habían pasado apenas unos minutos.
El tiempo se sentía atascado.

Y entonces lo escuchó.
Un leve clic. Como el de una cremallera moviéndose muy, muy despacio.

Delfina se irguió de golpe, el corazón acelerado.
La mochila estaba más abierta. Mucho más.
La solapa colgaba como una lengua desparramada sobre el piso.
Y lo peor: no podía ver el fondo.
Solo un hueco negro, húmedo, que no reflejaba la luz del velador.

Por un instante, creyó ver que algo se movía adentro.

—Basta —susurró para sí, obligándose a mirar hacia otro lado.

Pero entonces vino el segundo clic. Más profundo, más arrastrado.
Y con él, el sonido de algo que se despegaba, como carne húmeda contra plástico viejo.

No podía respirar bien. El aire estaba viciado.
Intentó levantarse para encender la luz, pero su cuerpo no respondía.
Las piernas dormidas.
Los brazos, flojos.
Solo podía mover los ojos.

Y entonces… emergió.

Primero un dedo.
Largo, torcido casi al borde de estar dislocado, hecho con tiras de tela enrolladas y grapas oxidadas.
Luego otro. Y otro.
Una mano entera, deforme, asomó desde la mochila.
Y después el brazo.
Retorcido. Puntiagudo. Cosido con lo que parecían cordones escolares manchados.

La cosa trepaba fuera de la mochila como una marioneta arrastrándose por un escenario que conocía de memoria.

Tenía ojos. O al menos dos botones negros que titilaban como un humano.
Y de la boca —el bolsillo frontal— colgaban lápices mordidos y trozos de papel con dibujos infantiles deformes.

—No tenías que dejarla mirando —dijo con voz rasposa, como si hablara desde adentro de una bolsa plástica—. No así. No de frente.

Delfina intentó gritar, pero no había voz. Solo un sonido ahogado.

La criatura comenzó a gatear hacia ella, dejando un rastro de hojas húmedas que parecían arrancadas de su propia espalda.
Cada hoja tenía escrito su nombre.
Una y otra vez.
"Delfina" con tinta roja, con grafito roto, con fibras negras sangrantes.





—Siempre lo olvidan —continuó—. Siempre dejan la boca abierta. Siempre nos miran de frente.

La criatura se subió a la cama.

La frazada desapareció como si nunca hubiese estado ahí. El colchón crujió con un sonido seco y agudo.
Delfina sintió el peso de esa cosa arrastrándose hacia su pecho.

La figura lo miró con esos botones brillantes y habló, no con la boca, sino desde adentro del hueco negro que era su cuerpo:

—Nos alimentamos de rutina. De descuido.
De cada niño que deja la entrada abierta hacia nuestro mundo.
Nosotros no olvidamos.

Y entonces la agarró.

Los dedos, más fríos que el mármol, la sujetaron del tobillo.
El tirón fue seco, fuerte. La arrastraron hacia la mochila abierta, que ahora era una puerta, un pozo sin fondo, un abismo de tela y carne, de gritos que se repetían en eco, de nombres tachados.

—¡No! —quiso decir Delfina, pero el aire ya no estaba en su garganta.

Vio cómo su cuerpo desaparecía lentamente. Primero los pies. Luego las piernas. Luego el torso.
Y lo último, sus ojos, abiertos, fijos en el techo, implorando que alguien la mirara.

Pero nadie lo hizo.





A la mañana siguiente, su madre entró al cuarto.

Todo estaba en orden.

La cama tendida.
La luz apagada.
La mochila, cuidadosamente colocada frente a la cama, cerrada.
Pero distinta.
Más gorda.
Más tensa.

La mujer no notó nada extraño hasta que quiso revisar el cuaderno de su hija.
Al abrir la mochila, solo encontró una hoja.
Una sola.
Escrita a mano, con letra temblorosa:


“No dejes tu mochila frente a la cama. No así. No abierta. No de frente. Nunca.”

 

Nadie volvió a ver a Delfina nunca más.

Y su mochila sigue ahí.
Esperando.



                                                                                     Argumento: E.E  Concepto artisticoE.E


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