Historias de E.E.

No dejen la mochila cerca de la cama (relato)

Basado en un sueño lucido del autor



Las 2:43 de la madrugada.

Delfina giró por tercera vez en la cama. No hacía calor, no hacía frío. La habitación estaba exactamente igual que siempre… pero algo no encajaba.

El silencio era... denso. No había insectos, no se escuchaba la heladera vibrando desde la cocina, ni el crujido ocasional de las cañerías que se expanden en la noche. Nada.

Solo ella, su respiración, y la silueta de su mochila al pie de la cama.

Delfina la había tirado ahí como todos los días, justo frente a sus pies, de costado, medio abierta. Su madre siempre le decía que colgara las cosas, que no dejara el cuarto hecho un desastre, pero ella no le daba importancia alguna. Era solo una mochila. Estaba cansada.

Y sin embargo…
Esa noche, algo la hacía mirarla una y otra vez.
No por querer. Por impulso.
Como si esa forma familiar hubiese cambiado apenas lo justo para parecer otra cosa.

Parpadeó, tratando de despejar la vista.
La silueta seguía ahí. Negra. Aplastada contra la alfombra. Pero su contorno parecía distinto. Como si la tela se hubiese inflado levemente, como si algo respirara adentro.
Ridículo.

Delfina suspiró y se tapó la cabeza con la frazada. Intentó no pensar. Cerró los ojos. Repasó mentalmente los nombres de los integrantes de su banda favorita, los temas del examen de historia, la escena de una serie que había dejado a medias.

Cuando volvió a mirar el reloj, eran las 3:07.
Habían pasado apenas unos minutos.
El tiempo se sentía atascado.

Y entonces lo escuchó.
Un leve clic. Como el de una cremallera moviéndose muy, muy despacio.

Delfina se irguió de golpe, el corazón acelerado.
La mochila estaba más abierta. Mucho más.
La solapa colgaba como una lengua desparramada sobre el piso.
Y lo peor: no podía ver el fondo.
Solo un hueco negro, húmedo, que no reflejaba la luz del velador.

Por un instante, creyó ver que algo se movía adentro.

—Basta —susurró para sí, obligándose a mirar hacia otro lado.

Pero entonces vino el segundo clic. Más profundo, más arrastrado.
Y con él, el sonido de algo que se despegaba, como carne húmeda contra plástico viejo.

No podía respirar bien. El aire estaba viciado.
Intentó levantarse para encender la luz, pero su cuerpo no respondía.
Las piernas dormidas.
Los brazos, flojos.
Solo podía mover los ojos.

Y entonces… emergió.

Primero un dedo.
Largo, torcido casi al borde de estar dislocado, hecho con tiras de tela enrolladas y grapas oxidadas.
Luego otro. Y otro.
Una mano entera, deforme, asomó desde la mochila.
Y después el brazo.
Retorcido. Puntiagudo. Cosido con lo que parecían cordones escolares manchados.

La cosa trepaba fuera de la mochila como una marioneta arrastrándose por un escenario que conocía de memoria.

Tenía ojos. O al menos dos botones negros que titilaban como un humano.
Y de la boca —el bolsillo frontal— colgaban lápices mordidos y trozos de papel con dibujos infantiles deformes.

—No tenías que dejarla mirando —dijo con voz rasposa, como si hablara desde adentro de una bolsa plástica—. No así. No de frente.

Delfina intentó gritar, pero no había voz. Solo un sonido ahogado.

La criatura comenzó a gatear hacia ella, dejando un rastro de hojas húmedas que parecían arrancadas de su propia espalda.
Cada hoja tenía escrito su nombre.
Una y otra vez.
"Delfina" con tinta roja, con grafito roto, con fibras negras sangrantes.





—Siempre lo olvidan —continuó—. Siempre dejan la boca abierta. Siempre nos miran de frente.

La criatura se subió a la cama.

La frazada desapareció como si nunca hubiese estado ahí. El colchón crujió con un sonido seco y agudo.
Delfina sintió el peso de esa cosa arrastrándose hacia su pecho.

La figura lo miró con esos botones brillantes y habló, no con la boca, sino desde adentro del hueco negro que era su cuerpo:

—Nos alimentamos de rutina. De descuido.
De cada niño que deja la entrada abierta hacia nuestro mundo.
Nosotros no olvidamos.

Y entonces la agarró.

Los dedos, más fríos que el mármol, la sujetaron del tobillo.
El tirón fue seco, fuerte. La arrastraron hacia la mochila abierta, que ahora era una puerta, un pozo sin fondo, un abismo de tela y carne, de gritos que se repetían en eco, de nombres tachados.

—¡No! —quiso decir Delfina, pero el aire ya no estaba en su garganta.

Vio cómo su cuerpo desaparecía lentamente. Primero los pies. Luego las piernas. Luego el torso.
Y lo último, sus ojos, abiertos, fijos en el techo, implorando que alguien la mirara.

Pero nadie lo hizo.





A la mañana siguiente, su madre entró al cuarto.

Todo estaba en orden.

La cama tendida.
La luz apagada.
La mochila, cuidadosamente colocada frente a la cama, cerrada.
Pero distinta.
Más gorda.
Más tensa.

La mujer no notó nada extraño hasta que quiso revisar el cuaderno de su hija.
Al abrir la mochila, solo encontró una hoja.
Una sola.
Escrita a mano, con letra temblorosa:


“No dejes tu mochila frente a la cama. No así. No abierta. No de frente. Nunca.”

 

Nadie volvió a ver a Delfina nunca más.

Y su mochila sigue ahí.
Esperando.



                                                                                     Argumento: E.E  Concepto artisticoE.E


Vino del cielo (relato)


Basado en un sueño lucido del autor


Las ruinas de la ciudad se teñían de un rojo intenso, como si el cielo hubiese sido consumido por un fuego perpetuo. Tobias respiraba con dificultad, escondido entre los escombros de lo que una vez fue un edificio de oficinas. A lo lejos, escuchaba los lamentos y los gritos ahogados de los pocos que aún corrían por sus vidas. La nave seguía ahí, flotando sobre la devastación, un coloso metálico que zumbaba con una siniestra precisión, como un depredador acechando.

Desde su escondite, Tobias observaba el monstruo mecánico. No era grande como las historias de platillos voladores que alguna vez escuchó, pero su tamaño bastaba para infundir terror. Parecía una carcasa negra de bordes afilados, con luces intermitentes carmesí que parpadeaban al compás de su movimiento. No tenía ventanas ni partes visibles que indicaran tripulación. Solo un vacío abismal en su diseño, como si fuese una bestia carente de alma.


La nave se desplazaba lentamente por las calles desiertas, pero había una certeza que Tobias no podía ignorar: sabía dónde estaban todos. Sus movimientos eran precisos, calculados, como si poseyera una inteligencia superior, implacable.

Tobias había visto lo que hacía con los que encontraba. La máquina no disparaba ni arrojaba bombas, no necesitaba. De su base colgaban tiras con cables metálicos, una especie de apéndices que se extendían como un látigo vivo, cazando a los desafortunados. Cuando atrapaban a alguien, lo alzaban y, con un destello rojo, lo reducían a un polvo sangriento. No dejaba rastro de cuerpos ni esperanza de rescate.


Apretó los dientes, mirando a través de un hueco en la pared derrumbada. Un grupo de sobrevivientes intentaba escabullirse por un callejón a unos metros de su posición. Uno de ellos, un niño pequeño, tropezó, cayendo con un sollozo que se escuchó como un eco en el silencio mortal.


La nave se detuvo en seco.


Un sonido agudo, como el chillido de un millón de insectos, llenó el aire. Tobias contuvo el aliento, apretando los puños hasta que las uñas se clavaron en su piel. Uno de los apéndices descendió lentamente, girando como si olfateara el aire.


—Corre… —murmuró para sí, aunque sabía que no serviría de nada.


El niño fue el primero en ser alcanzado. No hubo gritos, solo un destello de luz roja y el instante final de su existencia. Los demás intentaron correr, pero la nave los siguió, implacable, limpiando la calle como si estuviera barriendo migajas de una mesa afuera de un bar.


Tobias cerró los ojos, incapaz de soportar la escena. Por un momento, todo quedó en silencio. Solo el zumbido bajo de la nave persistía, como un monstruoso recordatorio de su presencia.


Cuando volvió a mirar, el callejón estaba vacío. Y la nave, detenida.


Las tiras metálicas se contrajeron, ocultándose bajo la estructura. Entonces ocurrió algo que no esperaba: el coloso giró lentamente, apuntando su parte frontal hacia el edificio donde se escondía.


“¿Me vio?”, pensó Tobias, el pánico creciendo como una ola incontrolable. No había forma de que lo hubiera detectado. Estaba quieto, oculto entre los escombros, sin emitir un solo sonido.


Pero la nave empezó a avanzar.


El joven retrocedió lentamente, sintiendo el concreto suelto bajo sus manos. El zumbido creció, el sonido de la máquina resonando en sus huesos. Se levantó de un salto, corriendo hacia las profundidades del edificio. No había un plan, solo el instinto de huir.


—Por favor, por favor… —murmuró, tropezando con restos de muebles y cristales rotos.


Una explosión detrás de él sacudió el edificio, lanzándolo al suelo. La nave había disparado, desintegrando parte de los escombros que lo protegían. Ahora estaba expuesto.


Tobias corrió hacia una escalera que conducía al subsuelo. Bajó a toda velocidad, escuchando los crujidos y gemidos de la estructura cediendo bajo el ataque. Llegó a lo que parecía un sótano inundado, el agua helada empapando sus piernas. Se agazapó tras un pilar, cubriendo su boca con las manos para sofocar su respiración.


El chirrido se detuvo.


Por un momento, todo quedó en silencio. Tobias no se atrevía a moverse, su corazón latiendo tan fuerte que sentía que la nave podría escucharlo.


Entonces lo escuchó.


Un clic suave, seguido de un golpeteo rítmico, como si se tratasen de pasos.


La nave no podía tener tripulación… ¿o sí? Tobias giró lentamente la cabeza y vio algo que lo heló hasta la médula.

La nave quedó suspendida a escasos metros por encima de él, parecia escanearlo, más bien observarlo. 


Avanzaba hacia él. Sus movimientos eran fluidos, organicos, y en lugar de ojos, tenía una única luz roja que brillaba como un faro.


“Es parte de ella…”, pensó Tobias, paralizado.


La nave se detuvo, suspendida en la oscuridad. Tobias sabía que no podía escapar, pero algo en él se rehusaba a rendirse. Agarró un pedazo de concreto afilado y, conteniendo el aliento, esperó.

Cuando la nave se acercó lo suficiente, Tobias saltó, golpeándola con todas sus fuerzas. El impacto apenas la movió, pero logró hacer que ese ojo se agrandará aún más. Aprovechó el momento para correr, adentrándose más en el sótano.


Sin percartarse en esos pasos que un haz de luz, terminó por cubrirlo. Tobias sintió cómo su cuerpo se congelaba. No podía moverse, pero podía sentirlo todo. El calor comenzó en sus extremidades, un ardor que crecía mientras el líquido de sus ojos hervía. Quiso gritar, pero su voz fue devorada antes de salir.

Lo último que vio antes de desaparecer fue la luz roja expandiéndose, envolviéndolo, convirtiéndolo en parte de esa entidad. Entonces lo entendió: la nave no mataba por placer ni por necesidad. Lo hacía porque existía. Era su naturaleza.


En la distancia, la nave se alzó de nuevo, su zumbido llenando el aire. Buscaba, como siempre, su próxima presa.




                                                                                           Argumento: E.E  Concepto artisticoE.E



Jujutsu Kaisen 0 adaptación de Ballad Kitakuni




Hacia bastante que no escribia por acá en esta sección pero de todas formas espero que anden muy bien. Tenia pensado nutrir más mi jornada de blog con materiales que enriquezcan a aquel futuro lector pero por el poco tiempo que he tenido no se ha concretado.

Dejando de lado eso, hice otra compra, espero que no me arrepienta de nada porque últimamente estoy alejado de los shonen o nekketsu pero necesitaba tener otra nueva novela ligera, ya que en este lado del mundo conseguirla en un idioma apta es algo complicada.

Me compré y llegó Jujutsu Kaisen 0 adaptación en ese formato de la obra original de Gege Akutami y en esta ocasión fue escrita por Ballad Kitakuni. Es una novela ligera licenciada al español por Panini, en caso que te interese no dudes en apoyar la industria y a su creador. 






Las desgracias violentas ocurren con frecuencia alrededor de Yuuta Okkotsu, de 16 años, una tímida víctima del acoso escolar en la escuela secundaria. Yuuta está cargado con una monstruosa maldición, un poder que reparte una venganza brutal contra sus acosadores. Rika Orimoto, la maldición de Yuuta, es una sombra de su trágica infancia y una amenaza potencialmente letal para cualquiera que se atreva a hacerle daño.

La situación única de Yuuta llama la atención de Satoru Gojou, un poderoso hechicero que enseña en la Escuela Secundaria de Jujutsu de la Prefectura de Tokio. Gojou ve un inmenso potencial en Yuuta y espera ayudar al niño a canalizar su carga mortal en una fuerza para el bien. Sin embargo, Yuuta lucha por encontrar su lugar entre sus talentosos compañeros de clase: el selectivamente mudo Toge Inumaki, el experto en armas Maki Zenin y Panda.

Yuuta utiliza torpemente a Rika en misiones con los otros estudiantes de primer año, pero las espantosas consecuencias de las tremendas demostraciones de poder de Rika atraen el interés del calculador usuario de maldiciones Suguru Getou. Mientras Getou se esfuerza por reclamar la fuerza de Rika y usarla para eliminar a todos los usuarios de jujutsu del mundo, Yuuta lucha junto a sus amigos para detener el complot genocida.

[Escrito por MAL Rewrite]

 

Me he leído algunas páginas y la verdad es que me sorprende la narrativa tan rica que tiene lo que plasma Kitakuni cuando se inserta a este mundillo. Su prosa es solida, se lo ve con bastante conceptos de estar formado con amplio vocabulario y herramientas gramáticas cuando ejerce este desafio.

Me encanta que use recursos bien metafóricos para ambientar y conceptualizar a medida que uno se va subyaciendo con el pasar de las hojas para desvelar de que trata esta aventura.

También proporciona el ejercicio de no alejarse de lo que está narrando que después de todo es una
ライトノベル es decir una novela ligera de paladar japones. Por lo que he consumido hasta hora lo hace en un balance muy equilibrado.


En este caso elegí con precisión centrarme en este tipo de material porque sigo aprendiendo a entender formatos que algún día me gustaria probar e intentar emular. Una de mis metas es hacer Novelas ligeras, quiero conocerlas muy bien. 


¿Qué formatos te gustaría aprender?



Curva equivocada (relato)

Esa mañana de mayo, Martina se tomó la molestia de preguntar por última vez en el grupo de whatsapp quienes iban para el Valle de la Punilla a mitad de año. Afortunadamente, Florencia y dos amigas más de otras carreras confirmaron que se sumaban al viaje pero que sin embargo, no tenían tanto dinero disponible. Esto no sería impedimento para hacer un receso justo a mitad de año, ya que según palabras de la ocurrente de Martu en algún momento se iba a devolver ese favor.


A los pocas semanas, Florencia fue tachando de su agenda, que tenían ya listo y que faltaba por conseguir para dicha aventura. Martu iba a manejar en su furgoneta modelo sesenta y dos, tenía pensado pasar a buscar a Flor por Barrio Alberdi, y luego subir un poco hacia La Calera a recoger las chicas restantes. El círculo rojo marcado en el almanaque de la cocina solo confirmaba una sola cosa, vacaciones y chau parciales. Tenían todo listo en el baúl del vehículo: dos carpas amplias de cuatro personas, lo suficiente para estar en confort; mesa ratonera con banquitos, un imperdible set de mate y dos conservadoras con enlatados además de diversos alimentos no perecederos.


― Che, ¿Esas son todas las valijas? ―resopló Martina apartándose el mechón de pelo que tapaba su frente―. Parece que nos vamos a Bariloche, Flora.

― Hay que prepararse, reina… ¡allá se pone cruel!

― ¿Y por eso me tapas hasta los asientos con ropa, nena?
― ¡No, pará! ―Flora se disgustó cruzándose de brazos.

Era invierno, si bien la temperatura en la capital sabe descender lo suficiente como para estar bien arropado, nada se compara cuando se llega a Capilla del Monte. Las sierras a ese punto saben estar cubiertas de un alba refinado por la misma precipitación de escarcha que en muchas ocasiones ocupa días.


Luego de levantar a sus compañeras restantes por la zona, entre varias bromas sacaron una foto en conjunto y la subieron a las redes para presumir su viaje. Las chicas hablaban entre ellas y se reían en carcajadas, cada tanto hacían karaoke todas juntas probando del maní salado. Ellas iban en coche camino hacia el norte de la provincia y entre risas subían, bajaban las luces del auto al compás de la música con algún que otro zigzagueo felices de la vida.


De un momento para el otro, una espesa neblina se adueñó de la visibilidad, los faroles de la furgoneta a duras penas podía pasar los treinta centímetros de la carpeta asfáltica. El parlante de bluetooth alertó alguna interferencia pero sin darle preocupación, sucumbieron entre las sierras. Macarena y Ludmila, las últimas chicas en abordar estaban preocupadas mirando cada tanto de las ventanillas redondas perteneciente a la parte trasera, no podían ver nada. La copiloto Flor cebaba mate caliente para calmarlas pero ambas se habían puesto con el celular, miraban el mapa en una aplicación y por una extraña razón no marcaba la distancia que faltaba para llegar. Así fueron camino dentro, de a poco una escasa vegetación en total sequedad se dibujaba en el empañado del parabrisas, el coche tenía poca nafta. En cuarenta minutos estarían en las cabañas, rebosando una rica carbonada y contando a quien le fue mejor en el plano sentimental en este primer cuatrimestre.


Es por eso que Martina dobló la próxima curva a la derecha hasta agarrar una sola recta y en un chasquido, todo se puso blanco. Las turistas gritaron horrorizadas apretando lo que tenían a mano, cualquiera hubiera dicho que un camión del Chaco las encandiló y las obligó a derrapar contra la banquina pero en este caso no fue así; el coche entre zarandeos y un pequeño barquinazo quedó hundido entre el pastizal pajoso.


A Flora algo le dolía, era su brazo derecho y parte del termo se había impregnado en el cristal de su frente, a simple vista no parecía fractura. Martina abrió los ojos, con sus dedos se tomaba la frente tras quedar estampada contra el volante, aguardaba por un importante hematoma. Ludmi y Maca habían recibido todo el impacto de las valijas acomodadas en la rejilla de arriba. A pocos metros, una luz titilante hacía su presencia entre el pequeño humo que despedía el motor del Volkswagen colorado de los sesenta.


Algo trazaba con una extremidad un haz luminoso y luego enfoca el parabrisas hasta cegar a las chicas de adelante. Las turistas estaban preocupadas, se miraban una con la otra, lo que se aproximaba daba pasos muy lentos pero no quitaba ese destello de encima. La conductora intentó arrancar el rodado, el bramido del tablero parecía responder pero el motor por alguna razón no encendía como habitualmente.


Flor volteó para preguntar cómo estaban las demás chicas, sin embargo el impacto no fue tan brusco en la parte trasera. Hacía mucho frío, la gran mayoría frotaban sus manos con parte de su ropa y se guarecieron en temor buscando divisar que era la figura alargada que venía hacia a ellas.


La conductora se quitó el ajustado cinturón de seguridad y bajó, la acompañante no dudó tampoco en replicar acción; ambas se tambaleaban de un lado para el otro para divisar que era eso a la distancia. Cuando menos lo esperaban, apareció un policía de la provincia y este las iluminaba con su linterna azabache hasta hacerles notar su cara pálida. Era un hombre no mayor a los cuarenta años, de tez pálida como una sábana recién comprada, robusto y con un particular bigote pronunciado. El uniformado no mostraba ninguna expresión en su rostro, y a pocos metros de distancia no se distinguía su patrulla particular con las balizas encendidas o algo similar. Las dos estudiantes de afuera entablaron conversación con él, le explicaron la situación vivida y a dónde se dirigen en su travesía pero el policía no contestó ni una palabra sino que todo lo contrario, simplemente las miró en total indiferencia.


En paralelo, las chicas que se quedaron adentro, notaron que la nafta no parecía suficiente en el medidor y que apenas arranquen de nuevo iban a mencionar esa necesidad. Luego de unos minutos sin tener un efectivo intercambio, Flora regresó adentro y comentó lo que sucedía, convencida de que algo extraño estaba pasando. La ventanilla derecha de atrás se fue bajando, una de las turistas le preguntó al sujeto asomándose, era Ludmi, quería hacer pis y no le gustaba la idea de estar en cuclillas entre las gramillas. Quería una modesta estación de servicio, no menos que eso, sonreía con sus pómulos marcados esperando una contestación. Fue ahí cuando el oficial solo giró y les señaló el camino, quedándose tieso como si encontrasen un oasis hacia dónde apuntaba su dedo índice izquierdo.


Era una colina hacia abajo bien apegada a la banquina, por la misma condición climática todo estaba bordeado de un gris con tintes blancos sin presencia de arboleda a su alrededores. Decidieron ir todas juntas casi enganchadas de los brazos, dos con sus mochilas y la conductora con su acompañante teniendo un acurrucado papel bien doblado. Antes de despedirse del último poste de alumbrado público, quisieron comprobar que tanto faltaba para llegar al camping prometido, a pesar de que ellas no tenían suficiente luz para mirar bien el mapa hacían el intento y caminaron hacia el lugar indicado.


Dejaron atrás sus pertenencias y el icónico vehículo averiado, no iban a dudar en pedir ayuda cuando llegasen a la estación, se fueron sintiendo cada vez mejor después del inoportuno susto. A medida que se fueron introduciendo más dejaron de mirar la ruta por unos segundos, la hierba parecía estar seca, en el aire se congestionaba un hedor a azufre con pequeños oscuros fragmentos revoloteando. Avanzar era difícil y a pesar que hacían pequeños parones por el terreno complicado por algunas piedras, solo chocaban con diminutos bloques de la misma neblina que mojaba de sus rostros preocupados. Se frenaron al tener una maleza muy seca encima, no encontraban en el mapa ninguna indicación ya sea en el físico ni tampoco en el digital del móvil, el rastro era claro no existía nada.


Martina se apartó del grupo y se introdujo muy lentamente entre esas estacas opacas como la fiebre, su calzado fue rechinado hasta que se topó con un vehículo dado vuelta en estado herrumbrado, era oscuro y contenía franjas celeste en sus bordes. Las chicas al notar que su conductora no regresaba, fueron tras su búsqueda y al llegar a la escena se asustaron mucho al notar que el parabrisas tenía un hueco lo suficientemente grande penetrado por un algarrobo que todavía estaba ahí. Como Martu no hizo más que quedarse en el lugar mientras Macarena se escondía detrás del hombro de Ludmila, Flor tomó valentía, luego de inspeccionar unos segundos no lo dudó y abrió la puerta del chofer. Tras hacerlo, vió como un cadáver humano aún en estado de descomposición salió despedido con su mandíbula quebrada hacia un lado. Las espectadoras gritaron fuera de sí y salieron corriendo en desesperación para la colina desolada, sin embargo la única que no corrió ni se atemorizó, se inclinó para percatarse que se trataba del cuerpo de un personal de la policía cordobesa.




Autor: E.E  Concepto artisticoE.E


El supermercado (relato)

Las luces de la ciudad destellaban en la madrugada mientras Oscar, el taxista, observaba a su pasajero en el retrovisor. Era un hombre de aspecto cansado, envuelto en sombras, con una expresión perdida y vacía que no abandonaba su rostro desde que abordó el vehículo.

Avanzaban por calles desoladas, cada vez más estrechas y menos iluminadas. Oscar sintió un escalofrío, pero trató de ignorarlo. A una distancia prudente, otro taxi de su misma agencia los seguía, algo común en estas zonas, donde los barrios eran conocidos por sus historias oscuras.

Al tomar una curva cerrada, algo extraño cruzó la calle. Era una motocicleta que pasó frente a ellos en un parpadeo, como un destello fugaz. El conductor apenas alcanzó a frenar, sintiendo el sudor frío en la frente. La moto avanzó veloz, y por un momento, el rostro pálido del motociclista se giró hacia ellos, revelando ojos vacíos, sin vida. El vehículo se desvió hacia la entrada de un supermercado cerrado, donde desapareció sin dejar rastro.

El pasajero no se inmutó, solo observaba la calle, mientras el chofer trataba de comprender lo que había visto. Miró por el retrovisor y vio el otro taxi detenerse unos metros detrás, el conductor igual de pálido, con los ojos fijos en el mismo punto.

—¿Lo viste? —preguntó Oscar en voz baja.

El hombre en el asiento trasero solo murmuró.

 —Acá es mi parada.

El hombre sobre el volante asintió, aunque algo en su interior gritaba que no debía detenerse en ese

 lugar. Sin embargo, sus manos parecían moverse por sí solas, aferrándose al volante. Cuando el pasajero bajó del coche, Oscar miró hacia el supermercado, vio la entrada oscura y vacía, con la puerta entreabierta como si esperara a alguien.


El segundo taxi también se detuvo, y su conductor bajó lentamente, acercándose al supermercado. Oscar no entendía por qué, pero sintió que debía hacer lo mismo. Cada paso hacia esa puerta abierta era como hundirse en un abismo, y cuando cruzaron el umbral, el aire se volvió denso, cargado de una presencia fría y antigua.

Dentro, el motociclista estaba allí, en medio de la oscuridad, con su casco en las manos y la mirada fija en ellos. No dijo nada, pero la tensión en el ambiente crecía, como si el tiempo se hubiera detenido. En un parpadeo, el hombre desapareció, dejando solo el eco de su presencia.

El taxista y el otro conductor retrocedieron, temblando, y sin decir una palabra, subieron a sus taxis y arrancaron, alejándose del lugar. Al mirar por el retrovisor, Oscar creyó ver la sombra del motociclista una vez más, pero cuando volvió a girarse, ya no había nada.

La ciudad continuaba en silencio, como si aquella aparición nunca hubiera ocurrido, pero el frío en sus huesos le recordaba que, aquella noche, habían cruzado el límite de lo conocido.





                                                                                           Argumento: E.E  Concepto artisticoE.E

El inquilino (relato)

La medianoche en el apartamento era un silencio tenso, y Marcos, exhausto, se miraba en el espejo del baño. Hacía dos semanas que se había mudado a este nuevo condominio. Por estrés, o tal vez por la época del año, no podía dormir bien desde que conoció este nuevo hogar.


Bajo la luz tenue, su rostro parecía ajeno, pálido y somnoliento, como si el mismo reflejo escondiera secretos. Cerró el grifo con un suspiro y se giró para irse, pero un sonido seco lo hizo detenerse. El cepillo de dientes había caído del estante, sin razón aparente.


Frunció el ceño y se agachó para recogerlo, acomodándose su holgado pijama. "Es solo un cepillo", se dijo, colocándolo de vuelta en su lugar antes de salir del baño, sin notar que la bombilla de luz había tenido un breve parpadeo.


El pasillo se sentía más oscuro de lo usual, como si las manchas de humedad en las paredes estuvieran creciendo. No pasaron ni dos minutos cuando, nuevamente, un sonido lo obligó a detenerse en seco: el fluir del agua. Giró lentamente la cabeza hacia el baño y allí estaba el grifo, abierto otra vez como aquella vez, hace tres días, con el agua cayendo en un murmullo cada vez más audible, casi como un susurro.


Con un escalofrío recorriéndole la espalda, sus pies lo llevaron de regreso, aunque cada paso le costaba más, como si el suelo tratara de retenerlo. Cerró el grifo con una mano temblorosa, observando el agua detenerse. Al alzar la vista, notó algo en el espejo: era su reflejo, pero había algo extraño, un cambio sutil en sus ojos, que parecían oscuros y profundos, como si miraran desde el fondo de un pozo.


“Es la falta de sueño”, murmuró para sí mismo. Intentó apartarse del espejo, pero sus propios ojos en el reflejo parecían sostenerle la mirada, inquietantemente estáticos.


Esa noche, cada vez que Marcos intentaba conciliar el sueño, algún sonido lo obligaba a abrir los ojos. Al principio, eran los bramidos del viento en los ventanales del pasillo, pero luego el crujir de la madera bajo su cama lo hizo incorporarse, con la sensación de que algo no estaba bien. Al pasar de nuevo por el pasillo, la luz titiló con más insistencia, y en el reflejo de una ventana notó que su propia figura parecía distorsionada, una sombra errática a su lado.


Un escalofrío helado le recorrió la espalda, y antes de que pudiera reaccionar, la luz parpadeó una última vez, dejándolo sumido en una oscuridad total.


Fue entonces cuando el eco de un chirrido se arrastró por el pasillo. Marcos se tensó y, sin saber por qué, supo que la puerta del baño se había abierto sola. Tragó saliva y se acercó, inseguro, con los pies pesados, como si una fuerza invisible tratara de retenerlo. La puerta estaba apenas entreabierta, y, sin razón aparente, la luz del baño se encendió al acercarse.


En el silencio de la penumbra, el golpeteo sordo volvió a sonar, esta vez claramente desde el otro lado del espejo, en un ritmo lento e impaciente. Cada golpe resonaba como una moneda sobre un mostrador de tienda en espera, incesante y creciente, hasta llenar el baño de un eco persistente.


Se acercó, y al hacerlo, el ambiente se tornó gélido. Sentía una opresión en el pecho, como si el aire mismo estuviera siendo absorbido hacia el espejo. Alzando la vista hacia su reflejo, se encontró con algo aterrador: su sonrisa en el espejo parecía demasiado siniestra, viva, observándolo con una expresión impaciente que no reconocía.





Antes de que pudiera retroceder, un brazo pálido y helado se extendió desde el espejo, apretando su brazo con una fuerza gélida que se sintió como hielo fundiéndose en sus huesos. El contacto lo paralizó, y una corriente de dolor ardiente le recorrió el cuerpo, como si algo estuviera arrancando su vitalidad desde lo profundo.


Intentó gritar, pero ningún sonido salió de su garganta. Al otro lado del espejo, en aquella profundidad oscura y distorsionada, pudo ver su propio rostro reflejado, deformado y con una sonrisa retorcida.


El baño, el apartamento, el mundo entero desaparecieron de su vista cuando el reflejo tiró de él hacia el espejo, tragándolo en un parpadeo y sumiéndolo en una oscuridad vacía, sin fin.


El baño quedó en silencio, la puerta entreabierta y la luz parpadeando levemente, como si nada hubiera ocurrido.











                                                                                       Argumento: E.E  Concepto artisticoE.E



Dulce o Frasco (relato)

 La noche de Halloween se deslizaba fría y húmeda sobre el vecindario desierto, con una lluvia fina que caía silenciosa sobre las casas apagadas. Al final de la calle, una casa en ruinas destacaba por su apariencia siniestra. Las ventanas rotas y las manchas en las paredes parecían trazar sombras que se contorsionaban con el movimiento de la luna. Allí vivía Nicholas, un hombre de rostro consumido y ojos vacíos, esperando en el umbral. A veces asomaba la cabeza, oteando las sombras, como si buscara algo de una noche que, durante toda su vida, le había negado hasta una pizca de felicidad.


Nicholas recordaba sus propios Halloweens, observando desde aquella misma ventana cómo otros niños reían y corrían de casa en casa, disfrazados y con dulces en las manos. Para él, sin embargo, solo había habido indiferencia y desprecio. “Halloween es una estupidez”, solía decir su padre, cada palabra cargada de desprecio mientras le prohibía salir o pedir caramelos. Y cada año, Nicholas se quedaba allí, en el rincón oscuro de la casa, solo con sus deseos sofocados y la mirada llena de preguntas sin respuesta.


Con el paso del tiempo, algo oscuro había comenzado a crecer en él, un resentimiento retorcido que se enroscaba en sus pensamientos hasta ser casi una voz interna. La noche se volvió para él un recordatorio constante de lo que siempre le fue negado, de la vida misma que le fue arrebatada. Y entonces, una Halloween, decidió que era momento de devolverle algo al mundo.


Con la canasta repleta de frascos en la mano, se plantó en la entrada de la casa. Pasaron varios minutos antes de que un grupo de tres chicos se detuviera frente a él, mirándolo con una mezcla de curiosidad y desagrado. Nicholas les sonrió, y sus dientes amarillentos destellaron bajo la luz tenue de la calle.


—¿Dulce o truco? —dijo uno de los chicos, sin saber qué le esperaba.


Nicholas extendió la canasta, sus manos temblaban ligeramente mientras los observaba tomar los frascos envueltos en papel. Uno de ellos, el más alto, comenzó a desenvolver el suyo. Cuando el envoltorio se abrió, un olor nauseabundo invadió el aire. Era un olor agrio y putrefacto, un hedor que parecía surgir de las mismas entrañas de la tierra. El chico retrocedió, llevándose la mano a la boca mientras luchaba por no vomitar.


—¿Q-Qué es esto? —preguntó el chico, su voz temblando de asco.


Nicholas mantuvo su sonrisa, sus ojos vacíos reflejaban un placer oscuro.


Es un regalo especial —dijo en un susurro áspero—. Un recuerdo de todos mis Halloweens pasados.


Los otros chicos, al ver el frasco y el rostro de su amigo contorsionándose en una mueca de horror, comenzaron a retroceder. El olor había contaminado el aire, envolviéndolos en una nube densa y asfixiante. La niebla parecía haberse espesado a su alrededor, y las sombras de la calle parecían alargarse, como si la casa misma los atrapara en un rincón donde no había escapatoria.


—Por Dios... vámonos de aquí —dijo uno de ellos, la voz quebrada, apenas un susurro.


Pero Nicholas no se movió. Su mirada gélida los atravesaba, como si disfrutara del miedo que emanaba de cada uno de los chicos. El que sostenía el frasco lo dejó caer, y el sonido del vidrio rompiéndose contra el suelo resonó como un eco siniestro en la noche vacía. Con el rostro pálido y la respiración entrecortada, los tres chicos se giraron y comenzaron a correr, sus pasos rápidos y desesperados se perdieron en la oscuridad.

Nicholas los observó hasta que se desvanecieron entre las sombras, hasta que la calle quedó nuevamente desierta y en silencio. Luego, bajó la mirada hacia los frascos rotos en el suelo, pequeños fragmentos brillaban bajo la tenue luz de la luna. Sin decir una palabra, recogió la canasta vacía y se giró hacia la casa. Sus pasos resonaron en el umbral, el eco de su andar se perdía en la profundidad de aquella casa oscura y decadente. La puerta se cerró con un crujido seco, dejando la noche en silencio, y Nicholas, finalmente, bajó al sótano, una gruta húmeda y mohosa que rara vez visitaba, y comenzó a guardar sus propios dulces. Los ordenó según lo que quedaba a mano: dientes sueltos que había encontrado en el cementerio, fragmentos de huesos blanqueados cubiertos de tierra,  trozos de pelaje de animales muertos enredados en tela sucia entre otras asquerosidades. Los envolvió con un cuidado retorcido, los decoró con cintas descoloridas, y sintió una oscura satisfacción esperando para el próximo Halloween

 



Argumento: E.E  Concepto artisticoE.E



Las miraremos juntos (relato)

 De alguna manera a él no le gustaba mucho la navidad, no se sabía con precisión
porque no le simpatizaba pasar como a toda persona un momento en familia a
finales de diciembre. Cada tanto observaba por la ventana cubriéndose con sus
delgados dedos esos diminutos ojos buscando profundidad con la vista hacia el mar
estrellado.

Las mismas estaban escondidas entre las nubes, cubiertas en gramajes grisáceas y
blanquecinas en óleos, no tenían mucho ánimo de mostrarse haciendo que el
pequeño se lamentara y frotase hasta despejar del cristal echándole la culpa.

—¿Ya terminaste, Thomas? —una figura abrigada con ropaje marrón haraposo lo
observa apoyado en el marco de la puerta—. Ya es muy tarde para estar
mirándolas.
Giró a esa voz, y sus manos en frotes fueron levantando de sus gafas arregladas
con cinta adhesiva, reveló parte de su descuidado cabello color miel que caía a
cubrir parte de sus ocelos.

—Una vez más, Papá… —de poco amigos, pronunció y se perdió en un suspiro.
—Es hora de dormir, campeón —el mayor se acercó, lo cargó y salió del acalorado
living adornado con motivos—. La próxima las miraremos juntos.

Esa división del hogar estaba iluminada por la acogedora llama de la chimenea
encendida, los últimos días de otoño previos al armado del árbol navideño se habían
hecho sentir a su alrededor hasta dejar una nieve considerablemente alta, con el
propósito de pensar más de dos veces si salir a buscar obsequios.

Aún así, el jefe de familia se había encargado de las renovadas compras, así de
este modo, colorear más de la casa, nuevas luces al frente que variaba según el
momento de noche y en este año, un nuevo muñeco de nieve con una bufanda de
color rojiza con paños verdes cuidaba la entrada de la casa.

Por razones que se desconoce, no tenía una nariz anaranjada de una zanahoria de
época, ya que el niño no estaba tan apetitoso de digerir vegetales porque según él
le disgustaba a tal punto de darle náuseas con sus formas.


Al pasar cargado por el principal adorno de la casa, el árbol de navidad, el padre se
detuvo un momento frente a este. El mismo se encontraba apagado y sin sus
características luciérnagas multicolores, acarició de la punta felpuda con retoques
blancos hasta sentir de ese alambre que guardaba la principal insignia faltante,
tragó saliva y decidió continuar a la habitación.

Sosteniendo a su hijo con un brazo, destendió las mantas de la cama, nuevamente
hizo lo propio con la sabana larga y ahí lo reposó hasta volverlo a tapar, solo su
redondeada nariz con tintes rosados queda palpada bajo la luz de luna.
Se inclinó con el objetivo de frotar su cabeza, enroscar su dedo índice en su
cabellera dejando una caricia y al final apartarse.

El superior ahora pasó a estar desolado, la habitación tampoco se contenía con ese
fulgor que tenía la otra sección de la casa, este reposó la mirada bajo el cristal
marchito y agrietado por el penetrante frío nocturno. No pronunció ningún tipo de
suspiro o mueca, algo se presionó en ese arropado pecho entre abrigos pasados de
moda y de caída una bufanda de doble pliego.

Su mano izquierda tocó en tanto palpar de ese vidrio que apenas distinguía de lo
que había en el exterior incierto, está nevando. Y en un electrizante vistazo similar
de una ventisca se tratase, recuerdos danzantes lo hacían poner un poco de
puntillas en esos zapatos oscuros como tierra embarrada invernal para tratar de
mirar más allá.

Ahí se lo veía unos años atrás, de la mano de una fugaz lluvia de copos a finales de
un diciembre tal cual fuese hoy, acompañado de una joven que entrelazaba de los
dedos de su mano derecha y a sus labios se le acercó una galleta de jengibre hasta
degustar de su regalo.
Este sonreía, como si fuese un niño que le dieran un regalo por todo ese esfuerzo
anual, contuvo de la muchacha de cabellos dorados con su mano libre, la rodeo con
firmeza y estuvo suspendido en ese remolino casual que se formaba cuando hacia
un cambio de aire.

La amaba, como la primera vez que compartieron la víspera de navidad, no era por
sus detalles en galletas de época, ni por su ondulado cabello de índole estelar, más
bien, lo hacía porque volvía a ser él y podía abrazarla bajo una de sus tantas
pasiones que era desear estas fechas.

Ella era su estrella, su luz en esta vida pero como todo parece indicar en esta tan
helada noche de inicio en invierno, no podía distinguir más allá de esos recuerdos,
estaban acumulándose y poco a poco, sepultándose por un mar de frialdad que solo
causa un lastimar.

Se alejó de esa ventana, no si antes mirar por última vez el cuarto de su hijo, cerró
la puerta tratando de no hacer el ruido suficiente así lo despertase y a continuación
tomó el vaso que dejó en la mesa del comedor, lo reposó junto a su tableta de
píldoras en su mesa de luz.

Ya era 24 de diciembre, la tan ansiada fecha se había presentado en el calendario,
el chiquillo de calcetines con dibujos de renos entre abrió la puerta morada de roble,
observó que una figura aún estaba dormida. El reloj de la añejada mesa de luz
marcaba las doce en punto, no había despertador ni alarma que avisará cuando era
momento de despertar.
Era una cama de dos plazas, en cada lado una mesa de luz de un tenue abeto
blanco. En la desolada, todo ordenado, con un retrato de tres personas en forma de
cobija soplando un diente de león poblando toda la fotografía acompañados de un
formal velador apagado. En la contraria, desordenada, con un pequeño velador
deshilachado, un vaso de agua a medio tomar y diferentes tipos de tabletas
médicas.

Se subió gateando a la cama y sacudió en levedad al que dormía, era su padre, no
quiso levantarse, rutina que se venía repitiendo en bucles hacía más de ocho
meses, balbuceaba que desayune solo. No tuvo más opción que ir a prepararse
repitiendo la rutina de cada mañana con cereales y leche además de su
casualmente panqueques que salían más tostados de la cuenta.

Al abrir el refrigerador cuando fue por la leche, notó una pequeña nota en letras
mayúsculas, haciendo algo de puntitas se ajustó de sus gafas redondeadas de color
azul marino a fin intentar tomarla con sus dedos rodeados de pequeñas curitas.
—«QUERIDO SANTA NO TUBE DÍAS FELICES PERO AUN QUIERO QUE PAPÁ
ARME EL ARBOL CONMIGO, FELIZ NAVIDAD» —leía su comunicado y a su final,
carraspeaba.

Revisó toda la nota amarillenta, doblada en sus puntas y percató que había un mini
árbol navideño al igual que el resto del material, dibujado con un lápiz escolar pero
con la diferencia que este último tenía varios intentos de dibujo y borrado.
El detalle que podía fijarse después de varios meses es que este no tenía estrella,
su ansiado trofeo de navidad, ese que iba afirmado cerca de la chimenea entre el
depósito de paraguas, equipaje de esquiador junto a otros tipos de materiales
punzantes de uso ocasional, no tenía su magnífica esencia representativa.

Sin desayunar y con algo de prisa, tomó de una silla de castaño con detalles de
almohadón esmeralda, lo bastante esponjoso reposó ahí y la colocó afirmada en el
primer placar que encontró al frente de sus narices.

Aunque probará incrementando unos centímetros más cada vez que bajaba alguna
caja de zapato entre el polvo, no podía llegar, intentó más de una vez y aún así,
cada prueba era encontrar adornos de fiestas diferentes, con certeza más de
halloween que hacía tiempo no se festejaba en casa.

No se rindió con facilidad y al bajarse de un brinco hacia esa alfombra que estaba
algo sucia, con algunas manchas de lodo y pelos del último gato que se había
perdido hace un año, arrastró la silla lo suficiente para hacerle un ondulado, la llevó
así hasta un placard de la habitación de su padre.

Con dos cajas de zapatos femeninos desgastados que encontró anteriormente, allí
comenzó de nuevo la travesía luego de apilarlos, estaba trepado como si de un
precipicio estuviera sostenido, buscaba de su estrella pero no había ningún detalle
de la época, tal vez, todo lo que había sido colocado que no era tanto en la casa en
comparación a otras, estaba abajo.

Tantos tambaleos de tanteos de esa superficie con pequeñas pelusas y barnizadas
entre vaya saber que tipo de polvo terrestre, la silla cayó de lado, se quedó como un
gato tendidos de las garras que apretaban del placard, intentó zafar pero sin tener
éxito, cayó hasta hacer un fuerte golpe.
—Afuera, Thomas —el bulto que estaba dormido, giró de su cabeza y desganado
resopló—. No lo diré dos veces, quiero dormir.

Abandonó el lugar en pausa, se afirmó a la puerta en un rechinido que solo él pudo
escuchar. A continuación se calzó de sus zapatos y tomando un abrigo en cada
extremidad, se fue a buscar de un tienda, a medida que iba pasando por el
vecindario todo parecía un parque de diversiones del show arcoiris que diferentes
casas ponían de su espíritu.

Su sonrisa se agiganta sin importar que la bufanda lo abrazase con firmeza, no
importaba las ventiscas que jugueteaban en sus pómulos poniéndose rojizos, el
estaba muy contento y podía ver como los villancicos se turnaban al cantar cada
una de sus canciones a familias ajenas esperando su chocolate caliente.

Cruzó de la avenida que estaba distintiva por una importante caída de nieve que no
paraba de desprenderse desde el rincón más alto de las nubes, los quitanieves no
habían hecho tanto hoy su labor, después de todo era feriado y se suponía que
estaban en su momento.

A su buena suerte, las tiendas aún contaban con servicio de trabajo pero la negativa
es que cuando revisó de sus delgados bolsillos de su abrigo inflado, no había traído
lo suficiente para un adorno que le faltaba.

Sus pequeñas manos que ahora estaban de guantes parecido a una manopla de
horno, frotaban del empañado almacén comercial deseando ver la sección de los
árboles. Sacó un doblado papel y dibujó una estrella para simular colocarla a unos
árboles muy similares a como tenía en su madriguera.

Luego de contemplar un momento largo entre tienda y tienda, sin animarse a entrar,
el viento fue aumentando, asustando para volver a un lugar más seguro. El chico
movía sus piernas lo más que podía, su aliento se evapora en puntitos fragmentos
helados y buscaba contenerlos porque sentía que su cuerpo ardía.

Estando con su cara toda colorada, inflada en cada borde de sus pómulos por el
petrificante aire escarchado, se metió por un mar de árboles. Es el parque todo en
un mar de copos blancos resoplando de un lado para el otro.

Trataba de diferenciar el horizonte para encontrar de un punto cardinal así le diera
su zona donde vivía, no lo distinguía y se detuvo de correr, mirando de un lado para
el otro a punto de llorar.

Las huellas que había dejado en ese trotar, ya se habían tapado y borrado, volvió a
mirar por donde vino corriendo pero tampoco la visibilidad era buena, no podía
distinguir nada.

—P-Pa..pá… —quebradizo sus rodillas se flexionan como si de unos cortes
punzantes se tratasen y cayó a la nieve que se acumulaba—. Quiero mi casa.
Su cuerpo cada minuto que seguía ahí tendido empezaba a congelarse, ya no
temblaba por los principios de hipotermia, sus ojos se fueron cansando a su vez con
sus puños cerrados.

Las pequeñas marcas de la fricción que dejó en la nieve, ya no existía, no estaba
presente de tal fuerza. Y cuando menos lo esperaba, entró en un sueño, uno que no
pudo sentirlo, solo quedó tendido, en un total sepulcro pálido.

—Arriba, corazón —sus orejas se abrazaban a una cálida voz que parecía
conocer—. Arriba, mi corazón.

No teniendo el sostén suficiente para emerger, empezó a entreabrir los ojos con una
visión nublada y que todo se retorcía a su alrededor como si de otra tormenta se
tratase. Vio a su frente una escultura, ésta parecía ser de porcelana, toda su piel era
delicada, no tan distinta al ser rodeado por el alba.

Su voz era angelical y sus cabellos con forma de ondas gualdas, se suspendían a
los lados cuando sus ojos de cielo tabulando de aquí a allá lo quiere reincorporar.
Lo fue levantando, el chico no está cubierto de nieve, más bien en una gran
superficie que parecía relucir con un tono de albo brilloso.

A donde él mirase, todo y a la vez nada tenía forma, no había objetos, cielo, ni
terreno que pisar. Todo parecía ser lo mismo, encandilaba si lo mirase fijamente y
ahí ante sus gafas, alguien le extendía los brazos.

—Soy yo, corazón —La muchacha se inclina como si fuese un condecorado
miembro de la realeza lo que tenía delante—. Tu mamá está aquí.
Su tono tan endulzante fue elevando y puso de pie al bajito y así lo rodeó lo
suficiente hasta frotar su espalda que ya no permanecía con esa baja temperatura.
Dibuja con las yemas suaves en esa pequeña campera inflada, obsequia un corto
beso en su frente ahí donde más salía su peinado.

—M-Mamá…yo siempre… —Sollozando de la emoción su rostro era hundido en el
vestido claro de la contraria—. quería verte de nuevo.
—Eso lo sé muy bien corazón y créeme que no deje en ningún momento de verte
—Acaricia la cabeza del pequeño con tal forma que le fue quitando del gorro lanoso
que traía, ella siempre estuvo viéndolo a la distancia—. al igual que tu padre.

El niño aún con sus ojitos de cristal, se fue secando de estos en el hombro y parte
del rostro ajeno para verla con detenimiento teniendo el pesar de que fuera un
sueño. Su mano izquierda se alzó para tocarla, la diferencia que cada tanto la
madre titilaba similar a una lamparilla de juego con destellos pausados por todo su
contorno.

—¿Por qué brillas, Mamá?… —Con temor se lo pregunta, sus ojitos curiosos veía
de ese ángel para seguir con esos cabellos de forma airosa.

Ella aún teniéndolo en brazos como si fuese un pequeño peluche que debía cuidar
antes de dormir, empezó a caminar por el vasto espacio, aún tocándolo con la
misma sutileza de la primera vez.

—Tu madre brilla porque ya no está en este mundo —En entrecortados pasos que
fueron dando en círculos queriéndolo hacer dormir enredo hasta perder de sus
manos en los cabellos de su hijo—. es una manera de cuidarte, cielo. A ti y a tu
padre.

Boquiabierto no perdía en ningún momento de su danza, no parecía haber un
intermedio que lo hiciera parpadear, todo era para contemplar lo que ella decía. Su
corazón palpita con un fulgor que podría derretir el mar de nieve que ha estado
azotando la ciudad en estas semanas.

Al cabo de unos segundos, ella se detuvo de estar girando para ir bajándolo y tomó
de las dos manos lastimadas envueltas en sus vendas adhesivas sanitarias. Las
acariciaba hasta sostenerlas y un brillo se sumergió en una ligera rafaga de luz,
cerró sus ojos por miedo, las manos que una vez estuvieron lastimadas de
travesuras sanaron sin tener ningún rasguño.

—Quedaron como nuevas, así deben estar siempre —Se reía la rubia y nuevamente
se acercó para dejar un tierno beso esquimal en la frente revoltosa de su retoño y
abrió de las palmas sostenidas—. Puedes abrirlos, hay algo para ti.

Tom hizo caso después de ya no sentir dolor en sus delicados dedos, algo pesaba
en esas manos abiertas que aún estaban sostenidas, sentía una calidez que no
podía distinguir a lo que produce la chimenea cuando está cubierta de leña.

En forma de intervalos de destellos, picudo y con partículas que eran similares a los
copos que antes tuvo que soportar, tenía eso sostenido. Se lo dio su madre, ¿Como
era esto posible? recordó que estaba corriendo con el dibujo y ahora había
desaparecido de tanto tenerlo.

—Antes de irme, me olvidé de dársela a tu padre, perdóname —Ella se fue
apartando muy tenue de ese resplandor que se emite en ambos—. Ahora podrás
colocar la estrella donde merece, corazón.

Un ligero escalofrío de sensaciones pasaron por el pequeño cuerpo del ahora dueño
de ese regalo. Sin poder poco entender, lo enterró en su pecho y hasta abrazarlo,
pequeñas gotas del rocío cálido caían desde arriba hasta cubrir de la estrella
brillante.

—Y-Yo lo siento, m-mamá… —Su nariz congestionada no dejaba pronunciar mejor
de sus palabras, se le entrecorta la voz—. prometo que no lo haré más, no lo haré
más.

Este se fue acurrucando en el suelo, hacía una reverencia de grata disculpa y no
soltó lo brindado, lloraba desconsolado, al igual que esas aventuras que tanto le
hacían reír fuesen para tapar todo el dolor que se vivía en ese hogar.

Continuó llorando cuando una mano nuevamente frotó de sus cabellos, aún su
rostro inundado no podía contenerse y la figura maternal lo contuvo con un corto
abrazo cuando está más empezó a emitir un esplendor que los cubría.

«Yo siempre estaré con ustedes, la próxima las miraremos juntos» esa voz
retumbaba en su cabeza, yendo de un rincón para el otro, de oreja a oreja y más
sus lágrimas se iban dispersando con el bramido que produce esa rebosante
claridad.

—¡N-No te vayas!…quédate conmigo y papá, con p-papá —Su garganta ya no tenía
el suficiente poder para poder gritarlo más, el gélido aire se apodera hasta apretarlo.
Tras intentar ver más allá de esa potente luminosidad que empezó a parpadear
hasta tener un punto de origen en el límite del lugar. Ese punto ardiente, se movía y
cada vez, se acercaba más a donde estaba tendido el arrapiezo. Su respiración era
pausada, arrastrándose alarga el brazo izquierdo hasta que sus dedos quisieran
agarrar ese foco.

«¡Thomas!, ¿Puedes escucharme, hijo?» un conjunto de palabras tabula en su
cráneo, va de un lado para el otro intentando visibilizar que lo estaba llamando por
su nombre, ahí a su frente tenía a alguien parado pero no podía distinguir por su
ausencia de calor.

En un chasquido, algo lo cubrió, era muy grande en el bramido de las ventiscas.
Sintió que su delicado y enterrado cuerpo, era cargado escuchó unos pasos que se
arrastraban en una especie de terreno complicado.
«Escúchame, hijo» nuevamente esas palabras que tenía un tono metálico
deambulaban en su interior, unas palmaditas golpeaban su rostro y hacía vibrar de
los anteojos oscuros hasta sacarlos un poco de lugar. Eso lo envolvió en los brazos
y su visión empezó a retonarse, poco a poco veía de nuevo a color.

Una persona mayor, de barba sin cuidado, ojos no tan grandes y melena desaliñada
intercambiaba la mirada teniendo encima. Tomó de sus mejillas, apegó frente con
frente y sollozaba su nombre repetidas veces.
—¡E-Estás vivo, hijo mío!…pensé que te iba a perder —Su aliento no tenía la
frecuencia suficiente y sonaba rasgado—. Papá está aquí, no te deja solo.

Su padre lo tenía cubierto con su abrigo marroneado con restos de escarcha y así
fue pasando entre sus brazos por todo el centro de la ciudad, la mejilla del mayor en
un breve intervalo, media la temperatura de su adorado para percatarse de que no
descienda más.

—Ya estamos llegando a casa, te haré tu chocolate preferido —Conjugado de
efervescencia y ansiedad, papá relamía los labios .

Se desesperó para abrir la puerta encontrando la llave en el bolsillo izquierdo del
tapado y cuando esta se abrió, ambos cayeron al suelo para abrazarse por todo lo
ocurrido, la cabeza del pequeño era frotada en más de una ocasión.

—¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué te fuiste de esa manera? —Sus ojos cristalizados
derraman lágrimas y se deslizan por su barba ondulada sin afeitar.
—E-El árbol…no… —la garganta de Thomas se quiebra al tener a su padre de esa
manera—. no tenía nuestra estrella, papi.

Por culpa de haber puesto su vida en un peligro mortal y estando a segundos de
haber quedado muerto, sus ojos se inundaron para compartir un ligero llanto. Su
nariz toda congestionada desprendía hilos de mucosidad, cuando un gritó rasgador
se apodera de todo su ser.

—P-Perdoname, papi…perdóname —lo niega, repitiendo ese gesto con la cabeza.
es nuestra estrella, papi.

Thomas sostenía con su manita más hábil un objeto que emite su propia luz, tenía
su brillo y fue haciendo un eco tan suficiente para que el padre se fijase en él. El
menor había obtenido lo que faltaba en ese hogar. Lo que tanto anhelaba aquel
mastil felpudo de color verdoso que yacía arriba de un mueble llano.

—Pero…¿De donde sacaste esto, Tommy? —el padre contempla la magia de ese
objeto—. No hay ahorros incluso en los reyes magos.
—M-Mami…mami —Emocionado suspira con algo de morado en sus labios.

Ese rostro arrugado, golpeado por el mismo pesar desde hace unos meses, se fue
rejuveneciendo al terminar de escuchar lo reciente. Ese corazón destrozado, donde
una vez toda agonía sin tener consuelo se apoderó, volvía a latir.
Vió de esa maravillosa estela que se hacía dueña del living hogareño, jamás en su
vida había cruzado esa sensación de enorme alegría más cuando estuvo alguna vez
acompañado por su prometida.


Lo poco alumbrado, se fue tiñendo de felicidad y las luces navideñas que estaban
sin funcionar, en una centella, bailaron de aquí a allá. Thomas recobró su color de
piel y su aspecto moribundo pasó a estar más vivo que nunca.


—Prometo que…las miraremos juntos —diminutas gotas en esos faroles café
partidos fueron quedando—. Cada noche miraremos esas estrellas, las tuyas y las
de tu madre.


El padre abrazó a su hijo, se fue reduciendo incluso quedar en la imagen que la
familia siempre quiso, el estar juntos más en un día como este. A lo lejos, ahí en la
diversa nubosidad desde el cristal de ese ventanal nocturno, un lejano punto
luminiscencio cuidaba en silencio.

 

 


 

 

Las miraremos juntos
Autor: E.E  Ilustración: E.E